mis impresiones y vivencias durante mi estancia de dos años en la India: las artes escénicas, mi proceso de entrenamiento en kathakali, el paisaje de Kerala, los maravillosos elefantes, la vida en la India...
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Miércoles, 30 de noviembre de 2005
Es maravillosa e irrepetible la experiencia de ser espectador virgen de cualquier manifestacion artística, y tener el privilegio de econtrarse con lo que está frente a uno como un niño, con ojos nuevos e irremediablemente ignorantes de lo que ven, testigos de algo totalmente desconocido:
Hoy presencié mi primer espectáculo de kathakali, en un parque público de la ciudad de Ernakulam, en Kerala. Afortunadamente para los que no tenemos todavia la estatura de espectadores de este Arte, el program de esta tarde será corto: de apenas tres horas de duración (un lapso muy breve, frente a las doce horas que tradicionalmente dura un espectáculo de kathakali durante un festival religioso en un templo, desde el anochecer hasta el amanecer).
No sé qué es lo que voy a ver, y evidentemente todos los espectadores indios lo saben y están familiarizados con este arte. Varios hombres reparten un programa de mano donde entiendo que se explica la historia que se va a presentar, pero para mí son jeroglíficos: el texto está en malayaalam.
Dos hombres encienden fuego en una enorme y pesada lámpara de metal, que está al centro del escenario, en proscenio. Según escucho -en inglés- , una vez que se enciende esta lámpara, nadie (excepto los artistas participantes en el espectáculo) puede cruzar el escenario.
A continuación, hace su entrada un percusionista, que ejecuta un largo tema de introducción.
Los ayudantes (que encendieron antes la lámpara de aceite) vienen cargando una tela que parece un mantel. Pero no es un mantel: es un telón de colores, que levantan para dar inicio -parece- al espectáculo. Ahora siento aparecer la mas elemental convencion del teatro: de detrás del telón, saldrá la magia...
Inicia un canto maravilloso, que no vemos: se ejecuta detrás de la cortina. Escucho a un solista hombre hacer giros maravillosos con su voz y estoy ansiosa por verlo, pero pasan los minutos y la cortina sigue ocultando a quienes cantan detrás. Al canto se aúnan más percusiones, y la energía de la musica alcanza a todo el parque. Pero todavía no vemos nada. Ha pasado media hora de música ¡y la cortina no baja!
Ante mi evidente desconcierto, un compañero polaco me comenta: “ésta es la danza introductoria. Es la danza para los Dioses”: en efecto, detrás de la cortina, se adivina que alguien danza. Y me doy cuenta entonces, que -como nunca lo he visto hacer en ningún otro “teatro"-, los mortales debemos esperar (ya casi una hora) a que los artistas hayan ofrecido su Arte primero a los seres superiores, para poder después compartirlo con los humanos: los espectadores de este mundo.
Todavía tarda otro rato la música tras el telón y me parece maravilloso ahora esperar a que los artistas terminen su danza ritual, mientras los humanos seguimos ahí, sentados, del otro lado de la cortina, esperando nuestro turno de ser testigos de esta magia.
Al rato, se ve levantarse detrás de la cortina otra tela pequeña que parece un “techito”. Evidentemente bajo ese techo aparecerá alguien: ¿un personaje? Hay percusiones más frenéticas... un momento de emoción... El telón cae súbitamente al piso, y en completa inmovilidad, aparece Krshna en el escenario; sí... es Krshna, lo sé perfectamente por lo poco que conozco de la iconografía religiosa india: no hay duda, es Krshna: está de pie sobre un banquito con un pie curzado detrás del otro, la cabeza un poco ladeada y las dos manos que indican que está tocando una flauta: no puede ser otro, estamos en presencia del Señor Krshna.

Ahora que ha caído la cortina, vemos al fondo a los cantantes y músicos: dos tambores, un gong y un par de címbalos.
Ahora sí: Krshna baja de su pedestal y comienza a moverse: sus pies golpean el suelo con fuerza, las manos realizan complicados movimientos, los dedos bordan el aire y los ojos y cejas revelan expresiones extraordinarias...
Entran los ayudantes y sostienen de nuevo el telón.
Más música, y ahora, unos dedos se asoman detrás de la cortina: una mano con uñas largas y filosas; aparece después la otra mano, y ambas manos se agarran de la cortina y la sacuden enérgicamente, anunciando -tal vez- que quien está detrás es un “otro” más bien fiero y temible...
Las manos zarandean la cortina y la avientan hasta el suelo con violencia, para dejar al descubierto a su dueño: un ser de gran energía y ánimo exaltado, que va de un lado al otro del escenario echando bramidos como de fiera. Sin duda, éste es “el malo”; no sé si sea algún demonio, pero sin duda es un ser maligno, quien adivino que se enfrentará a Krshna.
Y en efecto, se enfrentan: los dos personajes interactúan en el escenario: se dicen cosas con las manos, con los gestos, con los movimientos, pero no emiten palabra alguna, mientras la música suena en el fondo.
Lord Krshna se acerca a la lámpara de aceite; se agacha hasta el suelo y hace una especie de reverencia con las manos juntas a la altura del pecho. Se levanta y sale rápido por derecha.
La gente aplaude, y en dos segundos, el escenario se ha quedado vacío. Los espectadores se levantan de sus aisentos ágilmente: no hay aplausos, no hay apariciones de actores o músicos en escena para recibir ovaciones del público, como se hace en el teatro que conozco... ¿aquí no le aplauden a los actores?
Voy en el tren de regreso a Cheruthuruty, pensando que desde hoy, cambiará mi manera de ver el Teatro: habré de acercarme a la técnica, al lenguaje, a las convenciones, al entrenamiento del kathakali ...y perderé irremediablemente -a cambio- la condición de espectador “virgen” de este Arte, esta experiencia de "ver por primera vez", que sólo se vive una vez.
Por: Lucia | kathakali | Comentarios (0) | Referencias (0)